Tu cerebro busca todo el tiempo problemas que resolver

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Stocksy/ Katrina Radovic

Cuando algo se vuelve raro, tendemos a percibirlo con más frecuencia que nunca.

¿Por qué muchos problemas en la vida parecen persistir con obstinación, sin importar lo arduo que la gente trabaje para solucionarlos? Resulta que una peculiaridad en la forma en que los cerebros humanos procesan la información hace que cuando algo se vuelve raro, a veces tendamos a percibirlo con más frecuencia que nunca.

Pensemos en una “guardia vecinal” formada por voluntarios que llaman a la policía cuando ven algo sospechoso. Imaginemos a un nuevo voluntariado que se une a la guardia vecinal para ayudar a reducir el crimen en el área. Al principio, cuando recién empiezan como voluntarios, dan la voz de alerta cada vez que ven señales de crímenes graves, como asalto o robo.

Supongamos que estos esfuerzos son de ayuda y, que con el tiempo, los asaltos y los robos se vuelven más escasos en el vecindario. ¿Qué sería lo que el voluntariado haría después? Una posibilidad es que se relajarían y dejarían de llamar a la policía. Después de todo, los crímenes graves por los que solían preocuparse ya son cosa del pasado.

Pero tal vez intuyas lo mismo que intuyó mi grupo de investigación: que muchos voluntarios en esta situación no se relajarían sólo porque el crimen hubiera disminuido. En lugar de eso, les empezarían a resultar “sospechosas” cosas que antes, cuando el crimen era alto, no les hubieran importando, como que alguien cruzara imprudencialmente una calle o que vagara por la noche.

Probablemente puedes pensar en muchas situaciones similares en las que los problemas al parecer nunca se terminan, porque las personas siguen cambiando la forma en que los definen. A esto a veces se le llama “fluencia de concepto ” o “mover la meta” y puede ser una experiencia frustrante. ¿Cómo puedes saber si estás progresando en la resolución de un problema, si continuas redefiniendo lo que significa resolverlo? Mis colegas y yo queríamos entender cuándo ocurre este tipo de comportamiento, por qué sucede y si se puede prevenir.

Para estudiar cómo cambian los conceptos cuando se vuelven menos comunes, llevamos unos voluntarios a nuestro laboratorio y les asignamos una tarea sencilla: mirar una serie de caras generadas por computadora y decidir cuáles parecían “amenazantes”. Las caras habían sido cuidadosamente diseñadas por los investigadores para ser desde muy intimidantes hasta muy inofensivas.

Al mostrarle a la gente cada vez menos rostros amenazantes, descubrimos que expandieron su definición de “amenaza” para incluir una gama más amplia de rostros. En otras palabras, cuando se quedaron sin caras amenazantes, empezaron a considerar amenazantes rostros que antes consideraban inofensivos. En lugar de ser una categoría consistente, lo que las personas consideraban “amenazas” dependía de cuántas amenazas habían visto últimamente.

Este tipo de inconsistencia no se limita a juicios sobre lo que es amenazador o no. En otro experimento, le pedimos a las personas que tomaran una decisión aún más simple: si los puntos de colores en una pantalla eran azules o morados.

A medida que los puntos azules se volvían más escasos, la gente comenzó a considerar que los puntos púrpuras eran azules. Lo hicieron incluso cuando les dijimos que los puntos azules se volverían más escasos, o les ofrecimos premios en efectivo para que se mantuvieran consistentes a lo largo del tiempo. Estos resultados sugieren que este comportamiento no está completamente bajo el control consciente; de lo contrario, las personas podrían haber sido consistentes para ganar el premio en efectivo.

Después de ver los resultados de nuestros experimentos sobre los rostros amenazantes y juicios de color, nuestro grupo de investigación se preguntó si tal vez esta era solo una propiedad divertida del sistema visual. ¿Este tipo de cambio en un concepto también ocurriría con juicios no visuales?

Para probar esto, realizamos un último experimento en el que les pedimos a los voluntarios que leyeran sobre diferentes estudios científicos y que decidieran cuáles eran éticos y cuáles no. Estábamos escépticos ante el hecho de que pudiéramos encontrar las mismas incoherencias en este tipo de juicios que con los colores y los rostros amenazantes.

¿Por qué? Porque los juicios morales, sospechábamos, serían más consistentes a través del tiempo que los otros tipos de juicios. Después de todo, si crees que la violencia está mal hoy, deberías pensar que sigue estando mal mañana, sin importar si has visto mucha o poca violencia ese día.

Pero, sorprendentemente, encontramos el mismo patrón. A medida que le mostrábamos a la gente cada vez menos estudios no éticos a lo largo del tiempo, comenzaron a considerar poco éticos a una gama más amplia de estudios. En otras palabras, solo porque cada vez estaban leyendo menos sobre estudios no éticos, se volvieron jueces más duros de lo que era ético.

¿Por qué las personas no pueden evitar expandir lo que consideran amenazante cuando las amenazas se vuelven escasas? La investigación de la psicología cognitiva y la neurociencia sugiere que este tipo de comportamiento es una consecuencia de la forma básica en que nuestros cerebros procesan la información: estamos constantemente comparando lo que tenemos delante con su contexto reciente.

En lugar de decidir cuidadosamente cuan amenazante es una cara en comparación con todas las demás caras, el cerebro puede saber cuán amenazante es en comparación con otras caras que ha visto recientemente, o en comparación con el promedio de caras que ha visto recientemente, o en comparación con las caras más amenazantes que ha visto. Este tipo de comparación podría conducir directamente al patrón que mi grupo de investigación vio en nuestros experimentos, porque cuando las caras amenazantes son escasas, las caras nuevas serán juzgadas en relación con las caras más inofensivas. En un mar de rostros inofensivos, hasta las caras ligeramente amenazantes pueden parecer atemorizadoras.

Resulta que para tu cerebro, las comparaciones relativas a menudo requieren de menos energía que las mediciones absolutas. Para tener una idea de por qué sucede esto, solo piensa en cómo es más fácil recordar cuál de tus primos es el más alto que recordar exactamente qué tan alto es cada uno de tus primos. Es probable que los cerebros humanos hayan evolucionado para usar comparaciones relativas en muchas situaciones, porque estas comparaciones a menudo brindan suficiente información para enfrentar de manera segura nuestros entornos y tomar decisiones, todo mientras el cerebro invierte el menor esfuerzo posible.

A veces, los juicios relativos funcionan bien. Si estás buscando un restaurante elegante, lo que consideras “elegante” en París, Texas, debe ser diferente que en París, Francia.

Pero un vigía de vecindario que hace juicios relativos seguirá expandiendo su concepto de “crimen” para incluir cada vez transgresiones más leves, mucho tiempo después de que los delitos graves se hayan vuelto escasos. Como resultado, es posible que nunca aprecie el éxito que ha tenido al ayudar a reducir el problema que le preocupaba. Desde los diagnósticos médicos hasta las inversiones financieras, los humanos modernos tienen que hacer muchos juicios complicados en los que ser consistentes es importante.

¿Cómo pueden las personas tomar decisiones más consistentes cuando es necesario? Mi grupo de investigación actualmente realiza una investigación de seguimiento en el laboratorio para desarrollar intervenciones más efectivas que ayuden a contrarrestar las extrañas consecuencias del juicio relativo.

Una estrategia potencial: cuando tomas decisiones donde la consistencia es importante, debes definir tus categorías lo más claramente posible. Entonces, si te unes a un servicio de vigilancia vecinal, piensa en escribir una lista con el tipo de transgresiones por las que debes preocuparte al inicio. De lo contrario, antes de que te des cuenta, podrías terminar llamando a la policía porque la gente pasea a sus perros sin correas.

Infobae

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