Por qué 3.000 millones de personas no juegan al fútbol?

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Iniesta, durante el partido contra Irán, el 20 de junio. JULIO MUÑOZ (EFE)

En cualquier pueblo de España, cuando un niño ve una piedra en el suelo, o una lata de ­Coca-Cola vacía, lo primero que le pide el cuerpo es darle una patada para marcar un gol imaginario. Y lo mismo ocurre en Francia, en Inglaterra y en Italia; en Argentina, Uruguay y Colombia. La última emanación cultural del imperio británico, convertida en el deporte del pueblo en todo el mundo.

¿En todo el mundo?

El fútbol es el deporte más universal, pero ni los misioneros con catecismo llevaron balones a China ni tampoco los imperiales soldados victorianos a India, donde los generales prefirieron inventar el bádminton poniendo plumas de pato a tapones de champán o golpear pelotas con bastones y jugar al críquet y al hockey; y ni siquiera el fútbol se había inventado cuando los peregrinos del Mayflower comenzaron a colonizar Estados Unidos.

El fútbol les es tan ajeno a los tres países más poblados del mundo (3.000 millones de habitantes entre ambos, el 40% de la población mundial) que nadie en su sano juicio podría siquiera imaginar allí que las maniobras del presidente de un club para robar a la selección nacional su entrenador la víspera de un Mundial, y demostrar que su importancia no tiene límites, son aquí un asunto de Estado casi. Y no serán sus participaciones en los Mundiales, entre lo inexistente y lo decorativo, las que multipliquen su afición. India nunca ha logrado clasificarse para la fase final de un Mundial; China solo en una ocasión, en 2002, y perdió sus tres partidos, en los que no marcó ni un gol; y aunque Estados Unidos ha acudido a 10 fases finales (y ganado 8 de los 33 partidos disputados), pocos discutirán que lo consiguió por la debilidad de los vecinos a los que se enfrentaba.

En India y en Estados Unidos tienen sus propios deportes nacionales, exceptuando a la inmigración latinoamericana al norte del río Bravo. En China, la ambición es otra: los partidos de las Ligas italiana, española e inglesa son los programas más vistos en su televisión. Obedientes, los responsables de las competiciones europeas han modificado los horarios de sus partidos y multiplicado sus audiencias. En correspondencia, una multitud de nuevos millonarios del país de Xi Jinping ha invadido la propiedad de los históricos clubes europeos y llegan incluso a bautizar con el nombre de sus aventuras comerciales, Wanda, por ejemplo, sus estadios-templo.

Lo que no puede conseguir, sin embargo, la China todopoderosa es que sus millones de chinos aprendan a jugar bien al fútbol. Las claves del arte futbolero no se pueden comprar ni con la voluntad, ni con el derroche de yuanes, ni con entrenamientos repetitivos, los tres elementos que conforman la estrategia china para conseguir que de sus 28 millones de practicantes (el 2% de su población total según los estudios de la FIFA) salgan 11 al menos que manejen sus pies con cierta dignidad. En fútbol, a diferencia de otras artes, la repetición exhaustiva de un mismo ejercicio no genera destreza, sino que mata el genio.

Cuando Europa urbanizó con asfalto todos sus espacios, cuando las piedras desaparecieron de las calles de sus pueblos, y las latas vacías, y los vecinos empezaron a prohibir a los niños jugar con el balón en la plaza, Johan Cruyff recogió la esencia del fútbol callejero por miedo a que se perdiera y la trasladó al campo de entrenamiento. Inventó los rondos. El juego del pillo y el hábil de la calle se convirtió en el elemento clave de sus entrenamientos con el Barça. Quizá sea la lección que deban aprender en China: ya que el fútbol no nació en sus calles, empezar a construir desde abajo.

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