Pobreza y trabajo infantil: el café tiene sabor amargo en Europa

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En el Día Internacional del Café, el panorama de los caficultores latinoamericanos es más oscuro que nunca. El deber de cambiar esto lo tienen las multinacionales, dice activista.

El aroma de un buen café es la mejor invitación a salir de la cama por las mañanas. Esta bebida es parte de nuestro día a día, en casa, en hoteles, en empresas y en la calle. Los europeos son los mayores consumidores de café a nivel mundial, con un 30 por ciento del mercado. En 2017, la Unión Europea (UE) importó tres millones de toneladas de café -un 5% más que 10 años antes-, por un total de 8.800 millones de euros, según la Oficina Europea de Estadística (Eurostat).

Alemania es uno de los grandes mercados del café latinoamericano, y su mayor puerta de entrada a Europa. En 2016 ingresaron 1.100.000 toneladas del producto a este país, principalmente de Brasil, Honduras y Colombia. Fue el equivalente al 37% del total del café que llega a la UE. Además, Alemania ocupa el tercer lugar entre los mayores consumidores de la bebida en el mundo, luego de EE. UU. y Brasil, y el primer lugar en Europa. En 2016, el consumo per cápita de café en Alemania fue de 162 litros, unos siete kilos.

Con más de 80 millones de personas dependiendo del café, los países latinoamericanos que pertenecen a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) producen más del 50 % de todo el café del mundo. Pero cuando alemanes y europeos saborean esta bebida, no siempre tienen en cuenta que los salarios y las condiciones de vida de los caficultores están muy lejos de ser satisfactorios. “El modelo de negocio está en una crisis muy profunda porque el precio del café está asfixiando hoy a los productores en América Latina, África y Asia. Y ese modelo de negocios es más rentable que nunca en Alemania, en toda Europa y en EE. UU. porque el café que importan las multinacionales está subsidiado por los productores, que lo están vendiendo por debajo de su precio de producción”, explica a DW Fernando Morales de la Cruz, fundador de la startup CafeForChange.

El mal mayor: el trabajo infantil

Pero la industria del café en América Latina no solo se ve perjudicada por los bajos salarios y por la imposibilidad de exportar café tostado, de mayor precio, por ejemplo, a Alemania, a causa de leyes que lo impiden, sino que presenta un síntoma más grave aún: el trabajo infantil. El Departamento de Trabajo de EE. UU. cita 14 países, entre ellos, México y Guatemala, donde se usa a niños en la producción del café. “Las familias que viven del cultivo y recolección del café son muy pobres y los niños no van a la escuela, sino que recolectan café”, sostiene Morales de la Cruz. “Esos niños están cosechando café porque son la mano de obra más barata y abundante que existe”, agrega, “y hay trabajo infantil en la industria del café en Latinoamérica debido a que el modelo de negocios de las multinacionales del café es neocolonial. Le están pagando a los productores un 75 por ciento menos que hace 36 años, y están concentrando las utilidades, el valor agregado y los impuestos en Europa”.

Fernando Morales de la Cruz, fundador de CafeForChange.

En el caso de Alemania, este país recauda un impuesto de 2,19 euros por kilogramo de café tostado, y de 4,78 euros por kilogramo de café soluble, lo cual se traduce en unos 1.000 millones de euros anuales.

Para que el trabajo infantil en la industria cafetalera de América Latina desaparezca, sería necesario mejorar las ganancias de los productores. Hoy, un productor recibe en promedio menos del 1 por ciento del valor de la taza, explica el activista. Es decir, si una taza de café cuesta 1 euro, el productor latinoamericano recibe 1 céntimo, pero si cuesta 4 euros, también, y en realidad debería estar recibiendo 10 céntimos por cada taza: “Es decir, que solo a partir de que reciba 9 céntimos más por taza, un productor latinoamericano de café podría decir que se está realizando un comercio justo con la Unión Europea”, subraya.

Algunas iniciativas, como la de la Federación de Cafeteros de Colombia, tienen por objetivo promover la inclusión social y productiva de los caficultores y sus familias por medio de la educación, la infraestructura y la protección social, tratando de crear una mayor rentabilidad que llegue directamente a los agricultores. Una mejora directa sería que contaran con seguros en casos de desastres naturales, algo que todavía no se ha implementado en todos los países productores. “Vamos a ver qué podemos hacer y cómo podemos complementar el Fondo con algo que también hemos venido adelantando, seguros de cosecha para proteger al cafetero contra los desastres que puedan presentarse por el clima y los precios”, dijo Roberto Vélez Vallejo, gerente general de esa federación, en una entrevista para el informe del 85 Congreso Nacional de Cafeteros, en diciembre de 2017.

“Si esos 10 céntimos regresaran al país de origen, sumados a impuestos en el país, a inversiones en educación, salud, infraestructura, tecnología agrícola para proteger el medioambiente, y en seguridad social, Europa también se beneficiaría porque así contaría con más clientes para sus productos de exportación”, señala Morales de la Cruz.

Fairtrade: ¿comercio injusto?

En Alemania hay algunos sellos que certifican al consumidor que está comprando café del comercio justo. Uno de ellos es Fairtrade, para muchos amantes del café, una garantía de que está contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de los agricultores, es decir, que sus salarios se adecuan al costo de vida, y que la producción está a cargo de adultos, y no de niños. Sin embargo, Fairtrade no es sinónimo de justicia en la distribución de las ganancias del café, critica Fernando Morales de la Cruz: “Fairtrade le paga a los productores menos de la mitad de lo que ganaban antes con el café”, argumenta.

Según Fernando Morales-de la Cruz, “en el Día Internacional del Café, los agricultores del café no solo no tienen nada que celebrar, sino que están en una crisis sin precedentes. En mi opinión, la crisis se debe a que no impera la ley, ya que actualmente no es solamente injusto, sino también ilegal que, por un lado, se incrementen las ganancias, y por el otro se incremente la miseria y el trabajo infantil”.

América Latina sigue sin ver el horizonte en sus campos de café. Para erradicar la pobreza en las comunidades cafetaleras, terminar con el trabajo infantil y cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODS) de la ONU, todavía falta mucho camino por recorrer. De acuerdo con el fundador de CafeForChange, “si la multinacionales respetaran la ley, no podrían hacer lo que están haciendo. No habría trabajo infantil, y los grandes grupos y sus empresas tendrían que crear un nuevo modelo de negocios que compense adecuadamente a los caficultores y trabajadores, y que también cumpla con el compromiso de Alemania y la UE de apoyar los Objetivos de Desarrollo Sostenible del Milenio de la ONU”.
(ers)

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