La impuntualidad sí se puede corregir

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Con ganas y trabajándolo, podemos dejar este negativo vicio (DeanDrobot / Getty Images/iStockphoto)

Ya sea por distracción, desidia, narcisimo o desorganización, hay personas que padecen de impuntualidad crónica. No es que exista esta denominación como categoría científica, pero de alguna forma hay que caratular a quienes siempre llegan 10, 15 o 30 minutos tarde a su cita, su trabajo, que han perdido vuelos, visto películas empezadas o que ven alejarse al tren a la distancia desde el andén.

La impuntualidad también es acorde al contexto y a la cultura: en Latinoamérica a nadie se le ocurre llegar hasta media hora (o más) después de la cita a un encuentro social. Pero en Estados Unidos y en los países del norte de Europa y en algunos asiáticos como Japón es una falta de respeto considerable. Es el equivalente a pensar “no tengo por qué perder mi tiempo si no sabes administrar el tuyo”.

Consecuencias negativas

La impuntualidad proyecta una imagen negativa. Puede haber un rasgo de tolerancia, pero cuando es reiterado se considera a la persona como informal poco responsable. Nadie quisiera cerrar un negocio con un individuo que ni siquiera puede organizarse para salir 10 minutos antes de su casa.

Además la impuntualidad genera un efecto de contagio, similar al de la risa o el bostezo. Por ejemplo, en un instituto o universidad el profesor se ve obligado a reiterar algunos conceptos para el alumno que llega tarde. Ahora bien, cuando más de uno no entra a tiempo al aula, el inicio de la clase de demora, y de los cinco minutos de tolerancia se pasa a los 10, y así sucesivamente. Y como nadie llega a tiempo, se entra en un círculo vicioso.

Sin entrar a evaluar causas psicológicas neurológicas de la impuntualidad, es posible que algunos malos hábitos se puedan erradicar siguiendo algunos pasos sencillos.

1. Saber organizarse

Organización: esta es la primera causa de llegar tarde. La improvisación lleva a calcular mal los tiempos, así como es responsable de que acumular compromisos y actividades que conducen a los retrasos.

Una sugerencia es apuntar, al término del día, las actividades que se han realizado y el tiempo que ha llevado cada una. Hacer una tabla en Excel permite, rápidamente, calcular cuánto tiempo consume cada una y de qué forma se puede reducir alguna –o directamente, eliminarla-.El día puede comenzar con cinco minutos de planificación de la jornada, apuntando las actividades y compromisos en una clásica agenda de papel o en el calendario del móvil.

2. Alarmas y relojes

Alarmas por doquier: el móvil puede ser un buen aliado. Se trata de ir colocando alarmas para cada una de las actividades programadas. Pero el truco está no en indicar el horario de inicio –por ejemplo, una película en el cine-, sino en sumar los tiempos de traslado al punto de encuentro.

Post it: otro buen aliado. Es frecuente que la alerta del móvil se rechace con un movimiento de la mano y luego uno se olvide del compromiso. Tener uno –o varios- post it con la cita, ya sea frente al ordenador o en otro punto donde se dirija la mirada, ayudará atenerlo siempre presente.

Vivir en el futuro: muchas personas que se reconocen como impuntuales suelen tener su reloj adelantado 10 a 15 minutos. O en todo caso, solo tienen desfasado el reloj con que se despiertan por las mañanas, para poder levantarse a horario tras combatir el deseo de quedarse entre las sábanas unos instantes más.

Hablando de la alarma matinal, un consejo es dejar este reloj lejos del alcance de la mano, en una cómoda o escritorio algo alejado, lo que obliga a levantarse para poder apagarlo.

Pero para evitar el remoloneo matinal es importante dormir bien, cumplir con las ocho horas necesarias de descanso, y además de llegar a tiempo, el cuerpo y el cerebro trabajarán más relajados.

3. Ser pesimista con los tiempos

Aprender a calcular bien los tiempos: un síntoma de impuntualidad es no tener una conciencia exacta de los tiempos. La consultora estadounidense Diane DeLonzor, autora del libro ‘No vuelvas a llegar tarde’, pidió a un grupo de personas que leyeran un texto y que pararan cuando consideraran que habían llegado al minuto. Los que son más puntuales levantaron la vista a los 58 segundos, pero entre los que se reconocen como impuntuales, siguieron hasta los 77 segundos.

Esta falta de perspectiva sobre el paso del tiempo se puede corregir dividiendo un encuentro con fracciones. Y aquí la clave pasa por tener en cuenta los “tiempos muertos”. Un error frecuente es, por ejemplo, considerar que el bus del punto A al B demora 20 minutos, pero no se le suman los tiempos de espera, o recordar que en caso de lluvias o en horas pico el tránsito es más denso.

Por ello, la sugerencia es sumar el tiempo de traslado de cada medio de transporte, más las esperas y cuánto se demora en llegar a la parada o la estación de tren. Por ejemplo, en grandes estaciones como Sants o Atocha, hay varios minutos desde que se sale del metro o el bus hasta que se está sentado en el tren.

Un margen de 10 a 15 minutos adicionales al tiempo de traslado estimado puede ser un buen margen para evitar demoras. En este sentido, se trata de ser pesimista con el tiempo: la persona que piensa que llegará tarde se organiza mejor que el optimista, que cree que el reloj siempre está de su parte y así cae en la impuntualidad.

4. Saber decir ‘no’

No acumular compromisos: hay que aprender a decir que no. Cuando se suman actividades, o la persona confía en que llegará a tiempo a realizar todo lo que tiene programado, es cuando comienza un efecto dominó que conduce a la demora: dos minutos extras para terminar de escribir y luego cerrar el ordenador, otros dos para acabar el café hasta el final, un poquito más de tiempo para arreglarse mejor, y así la cadena de micro-demoras se prolonga casi indefinidamente.

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