Brasil se hunde en la oscuridad

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La victoria de Bolsonaro en las presidenciales amenaza con devolver al país a uno de los capítulos más sombríos de su historia. Ahora hay que defender la democracia con uñas y dientes, dice la editora jefe de DW Brasil.

Ha pasado lo inconcebible. El candidato de la derecha autoritaria y ultraconservadora, Jair Bolsonaro, ha sido elegido presidente de Brasil. Después de cinco años de crisis política y económica, de escándalos de corrupción y de un clima político tóxico, unos 58 millones de brasileños depositaron su voto a favor del capitán retirado del Ejército por las ansias de cambio. Cualquier cambio, a cualquier precio.

El inmenso rechazo al Partido de los Trabajadores, TP, que gobernó el país entre 2003 y 2016, unido a los miedos infundados a una amenaza comunista -la fórmula infalible que ya había garantizado el apoyo popular a sendas dictaduras en Brasil de las décadas del 1930 y 1960- y la desinformación propiciada por una abrumadora ola de noticias falsas, aseguraron la victoria de Bolsonaro por una amplia ventaja.

A fin de cuentas, la campaña “PT no” fue más fuerte que la de “él no” (#ElNao), que buscaba evitar la elección de Bolsonaro. Decenas de millones de personas están celebrando la derrota de Fernando Haddad y, por ende, del expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, que está preso desde hace seis meses por corrupción y lavado de dinero y ha sido vetado por la Justicia para presentarse o participar en la campaña electoral.

La victoria de los votantes de Bolsonaro, sin embargo, comienza y termina con el resultado de la elección. De aquí en adelante, Brasil navega en la oscuridad. No hay cómo saber lo que realmente hará Bolsonaro, porque él mismo se negó a ir a los debates electorales, concedió entrevistas sólo a periodistas afines y construyó su tosco plan de gobierno -en parte inconstitucional y, a veces, delirante- con base en premisas simplemente falsas. Hasta ahora, todo lo que el presidente electo hizo fue diseminar odio contra sus oponentes y decir que va a cambiarlo “todo”.

Lo que se sabe de Bolsonaro es lo que él ha demostrado a lo largo de sus casi 30 años de vida pública: glorificación del régimen militar brasileño y de los crímenes y torturas cometidos por el Estado, admiración por los dictadores y desprecio por las minorías y por valores democráticos  como los derechos humanos, la libertad de prensa o la independencia de la justicia. El presidente electo no confía en el sistema electoral y menoscaba el valor del voto.

También se sabe que Bolsonaro no se mueve en buenas compañías. Entre sus partidarios están Steve Bannon, antiguo ideólogo de Trump, y David Duke, exlíder del Ku Klux Klan. Y hasta Marine Le Pen considera las declaraciones de Bolsonaro “desagradables”.

A lo largo de la campaña, Bolsonaro atacó a indígenas, afroamericanos, miembros del colectivo LGBT, feministas y a la prensa. Días antes de la segunda vuelta, amenazó con arrestar, expulsar y hasta asesinar a opositores, prometió una “limpieza nunca antes vista” en el país y declaró que “el ser humano solo respeta lo que teme”. Tras recibir críticas de organizaciones internacionales y del sector empresarial, ablandó aquí y allá el discurso: afirmó que ya no quiere abandonar el Acuerdo de París ni subordinar el Ministerio de Medio Ambiente al de Agricultura; que va, sí, a respetar a la oposición y que no hará nada contrario a la ley. Veremos.

Lo que se anuncia, concretamente, es un gobierno autoritario, militarista y apoyado por fuerzas religiosas ultraconservadoras que salieron fortalecidas de las elecciones al Congreso. En resumen, será un gobierno que condena el aborto, pero aprueba grupos de exterminio.

Éste será el gobierno encargado de sacar al país de la crisis. Y no de una crisis cualquiera. Brasil tiene un déficit presupuestario alarmante, 13 millones de desempleados y un sistema de pensiones fallido. El nuevo presidente, que no entiende nada de economía, va a dejar la solución a esos problemas en manos de su gurú Paulo Guedes, economista ultraliberal doctorado por la escuela de Chicago, el cual, a su vez, demuestra poco aprecio por la política.

Guedes pretende privatizar todo lo que pueda, reducir la carga tributaria -música para los oídos de los más ricos- y “desburocratizar” las relaciones de trabajo. El mercado financiero se muestra feliz, porque a corto plazo va a salir ganando. Las agencias de clasificación de riesgo, sin embargo, manifiestan preocupación en el largo plazo con el gobierno del exmilitar. La propia escuela de Chicago teme verse asociada a los excesos del presidente electo.

Pues impedir los excesos de su gobierno es el deber, a partir de ahora, de todas las fuerzas moderadas, de centro izquierda y centro derecha, que, por acción u omisión, permitieron que Bolsonaro llegase al puesto más alto de la República. La defensa de los principios democráticos debe ser la misión del Legislativo, del Poder Judicial, de la prensa y de cada ciudadano. Brasil no puede normalizar la tiranía, ni en el Planalto, el palacio presidencial, ni en las calles. Es necesaria una tolerancia cero hacia las declaraciones y actitudes contrarias a la Constitución. De la comunidad internacional y, principalmente, de actores comerciales y diplomáticos de peso, como la Unión Europea, se espera la debida presión para que Brasil no abandone los principios democráticos.

El propio Bolsonaro admite que puede no ser un buen presidente. Y todo indica que Brasil camina hacia una década perdida. Ante este escenario, los brasileños pueden darse por satisfechos si tienen elecciones libres en 2022. El cambio a cualquier precio puede salir caro.

Francis França dirige la redacción brasileña de DW.
(lgc/pana)

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